El inconsciente colectivo como propiedad emergente: Un análisis desde la Teoría General de Sistemas
La idea de que existe una memoria que trasciende al individuo ha sido, históricamente, territorio fértil para la especulación filosófica. Sin embargo, al aplicar la perspectiva de la Teoría General de Sistemas (TGS) —desarrollada por Ludwig von Bertalanffy, 1968—, conceptos tan difíciles de aprehender como el inconsciente colectivo de Carl Jung y la resonancia mórfica de Rupert Sheldrake (aunque sin validación empírica aceptada en la comunidad científica) dejan de ser meras metáforas poéticas para convertirse en propiedades lógicamente coherentes de los sistemas complejos. Desde esta perspectiva, tanto la psique humana como la naturaleza operarían bajo principios comunes de autoorganización, donde el todo adquiere capacidades que las partes, consideradas de manera aislada, no poseen.
Para explorar tal conexión, conviene primero despojarse de la visión reduccionista que ha dominado buena parte del pensamiento científico desde el siglo XVII. Sheldrake (1987) señala que el paradigma mecanicista, con su creencia en leyes eternas e inmutables, dificulta reconocer la posibilidad de que la naturaleza funcione mediante hábitos más que mediante leyes fijas. A partir de esta premisa, el autor propone la hipótesis de la causación formativa: Los sistemas naturales estarían influenciados por una memoria acumulada, transmitida no por vía genética sino a través de lo que denominó campo mórfico. Según esta hipótesis, cuando una especie aprende un comportamiento nuevo, ese patrón se vuelve progresivamente más accesible para otros miembros de la misma especie, independientemente de su ubicación geográfica y sin que medien mecanismos genéticos convencionales (Sheldrake, 1987).
Conviene subrayar que esta hipótesis sigue siendo debatida y no cuenta con consenso científico, lo que obliga a tratarla más como una construcción teórica que como un modelo validado.
Carl Jung, por su parte, observó que ciertos temas, símbolos y patrones de conducta —los arquetipos— aparecen recurrentemente en mitos, sueños y culturas que no tuvieron contacto entre sí. A esta dimensión compartida la denominó inconsciente colectivo, una capa profunda de la psique que sería común a toda la humanidad. La analogía estructural con la propuesta de Sheldrake resulta evidente: ambos conceptos postulan un repositorio de información que no reside en el espacio físico individual —ni en el cerebro ni en el ADN—, sino en un campo o dimensión que conecta al individuo con su especie y con su historia.
No obstante, esta aparente convergencia podría también interpretarse como una coincidencia conceptual más que como evidencia de un mismo fenómeno subyacente.
Aquí es donde la Teoría General de Sistemas parece ofrecer el puente analítico que faltaba. La TGS estudia principios comunes a todos los sistemas, ya sean biológicos, sociales o psicológicos. Tanto el banco de peces que gira en perfecta sincronía como la sociedad humana que desarrolla un mito fundacional compartido son expresiones de lo que se denomina propiedades emergentes. Cabe destacar que estas ‘propiedades’ son atributos del sistema que no pueden explicarse sumando las características de sus componentes individuales ('el todo en más que la suma de las partes').
Sheldrake recurre a ejemplos empíricos para ilustrar esta idea. Menciona los estudios de Wayne Potts sobre bandadas de aves, en los que la denominada "ola de maniobra" se propaga a una velocidad incompatible con el tiempo de reacción individual de cada pájaro (Sheldrake, 1987b). Describe también los experimentos de Eugene Marais con termitas, donde estos insectos ciegos coordinaban la construcción de arcos a ambos lados de una plancha de acero, como si estuvieran guiados por un "molde" compartido que solo podría identificarse como el campo mórfico de la colonia (Sheldrake, 1987b). En ambos casos, el sistema —la bandada o el termitero— se comporta como un super-organismo, una entidad cuya coordinación supera ampliamente la suma de las capacidades individuales.
Si se extrapola este marco al ser humano, el inconsciente colectivo deja de ser una rareza mística y se revela como el campo mórfico de nuestra especie: La memoria del sistema "humanidad", que influye en nuestra percepción, nuestros miedos y nuestras aspiraciones sin que accedamos conscientemente a esa influencia.
No obstante, ningún sistema existe en el vacío. La cibernética, disciplina estrechamente relacionada con la TGS, introduce un concepto que resulta clave para entender la relación entre el sistema y su entorno: la Ley de Variedad Requerida de W. Ross Ashby (1956). Ashby demostró que para que un sistema regulador pueda controlar o adaptarse a su entorno, debe poseer al menos tanta variedad —es decir, tantos grados de libertad y respuestas posibles— como la variedad presente en las perturbaciones del entorno. En sus propios términos: solo la variedad puede absorber la variedad (este principio constituye uno de los aportes más operativos de la cibernética para el análisis organizacional contemporáneo).
Heylighen y Joslyn (2001) desarrollaron esta idea señalando que la capacidad reguladora no depende únicamente del repertorio de acciones disponibles, sino también del conocimiento sobre cuándo y cómo aplicarlas.
¿Cómo se relaciona esto con el inconsciente colectivo y la resonancia mórfica?
La respuesta es que estos "campos" funcionan como el mecanismo que provee la variedad necesaria para la supervivencia del sistema. Un individuo aislado cuenta con un repertorio de respuestas limitado a su experiencia personal. Sin embargo, el inconsciente colectivo le daría acceso a los patrones de respuesta acumulados por la especie durante milenios. Frente a una amenaza existencial, el individuo no solo respondería desde su instinto personal, sino que podría resonar con el "molde" de cómo sus antepasados sobrevivieron a crisis similares (Sheldrake, 1988).
En el plano social, esta articulación resulta aún más evidente. Una organización o un gobierno que intenta resolver una crisis compleja desde una estructura burocrática rígida viola la Ley de la Variedad Requerida: su repertorio interno de herramientas, perspectivas y acciones disponibles es menor que la variedad de perturbaciones que el problema presenta (Ashby, 1956) (Esta situación es observable con frecuencia en organizaciones reales, donde la rigidez estructural impide responder eficazmente a entornos dinámicos).
La solución, desde una perspectiva de sistemas, apunta hacia la gobernanza policéntrica, distribuida o de gestión descentralizada: Multiples nodos semiautónomos con capacidad de decisión local que, no obstante, se articulan a través de un campo de información compartido —leyes, cultura o, en el lenguaje de Sheldrake, el campo mórfico social— (Global Centre for Risk and Innovation, 2024). Este enfoque, desarrollado inicialmente por Elinor Ostrom en sus estudios sobre la gobernanza de recursos comunes, ha sido retomado desde la cibernética como modelo de respuesta adaptativa frente a la complejidad sistémica.
El vínculo entre Jung y Sheldrake, articulado mediante la TGS, sugiere que la evolución no es exclusivamente un proceso de mutación genética, sino también un proceso de aprendizaje sistémico.
El universo, lejos de comportarse como una máquina fría regida por leyes inmutables, actuaría más como un organismo vivo que acumula experiencia. El inconsciente colectivo sería, en este marco, la manifestación psicológica de esa memoria acumulada. Y la Ley de la Variedad Requerida recuerda que la salud de nuestras mentes y nuestras sociedades depende de mantener una conexión rica y diversa con esa fuente profunda de patrones, lo que nos permite responder con la flexibilidad necesaria ante un entorno siempre cambiante.
Ignorar esta conexión no debe entenderse únicamente como una omisión en el plano teórico, sino como una debilidad estructural que puede comprometer el funcionamiento del sistema. En la práctica, cuando se pierde el vínculo con estos patrones profundos, las organizaciones tienden a operar con un repertorio limitado de respuestas, lo que reduce su capacidad de adaptación. Resulta esto especialmente problemático en contextos inciertos, donde la resiliencia depende de poseer una variedad interna capaz de absorber la complejidad del entorno.
Referencias
- Ashby, W. R. (1956). An introduction to cybernetics. Chapman & Hall.
- Bertalanffy, L. von (1968). General System Theory: Foundations, Development, Applications. George Braziller.
- Global Centre for Risk and Innovation. (2024). Design Principle II — Requisite Variety. https://therisk.global/guide/1-6-design-principle-ii-requisite-variety/
- Heylighen, F., & Joslyn, C. (2001). Cybernetics and second-order cybernetics. En R. A. Meyers (Ed.), Encyclopedia of physical science and technology (3.ª ed., vol. 4, pp. 155–169). Academic Press.
- Sheldrake, R. (1987a). Part I — Mind, memory, and archetype: Morphic resonance and the collective unconscious. Psychological Perspectives, 18(1), 9–25. https://doi.org/10.1080/00332928708408747
- Sheldrake, R. (1987b). Part II — Society, spirit & ritual: Morphic resonance and the collective unconscious. Psychological Perspectives, 18(2), 320–331. https://doi.org/10.1080/00332928708410861
- Sheldrake, R. (1988). Part III — Extended mind, power, & prayer: Morphic resonance and the collective unconscious. Psychological Perspectives, 19(1), 64–78. https://doi.org/10.1080/00332928808408771