Tu empresa tiene un sistema inmune… y quizá está trabajando en tu contra

Las organizaciones —ya sean empresas, universidades o de cualquier otro tipo— no son estructuras rígidas ni estáticas. Funcionan más como organismos vivos: sistemas abiertos que interactúan constantemente con un entorno que cambia todo el tiempo. Cuando Salim Ismail habla del Sistema Inmunológico Corporativo (SIC) en su libro "Organizaciones Exponenciales 2.0", en realidad le pone nombre a algo que la Teoría General de Sistemas lleva décadas describiendo: la tendencia natural de cualquier sistema a proteger su equilibrio interno.

Ese mecanismo de defensa suele activarse de manera silenciosa. No aparece en el organigrama ni en los manuales, pero influye en casi todas las decisiones importantes. 

Cada vez que surge una idea distinta, un cambio profundo o una propuesta que rompe con la rutina, el sistema la percibe como una amenaza. Y entonces reacciona: la ralentiza, la cuestiona, la aísla o directamente la neutraliza. La innovación termina tratándose como si fuera un cuerpo extraño.

Lo interesante es que esto no ocurre necesariamente por mala voluntad. Muchas veces tampoco es un problema de liderazgo o de actitud humana. Desde la lógica de los sistemas complejos, se trata más bien de una consecuencia estructural.

Visto desde un enfoque sistémico, el SIC surge de mecanismos de retroalimentación que originalmente fueron diseñados para mantener estabilidad. Los procedimientos estandarizados, las métricas enfocadas únicamente en eficiencia inmediata y la clásica frase de “siempre lo hemos hecho así” crean un entorno que premia la previsibilidad y castiga cualquier desviación. En ese contexto, los mandos intermedios no actúan como enemigos de la innovación; más bien funcionan como reguladores que intentan evitar que el sistema pierda control.

El problema aparece cuando esa capacidad de autorregulación deja de ser flexible y se vuelve rígida. Lo que antes protegía a la organización comienza a encerrarla. Poco a poco, los éxitos del pasado se convierten en una especie de zona de confort institucional donde la eficiencia operativa termina confundida con supervivencia estratégica. Y allí es cuando muchas organizaciones empiezan a deteriorarse sin darse cuenta: no por falta de resultados inmediatos, sino porque dejan de adaptarse.

Detectar este comportamiento no requiere auditorías sofisticadas. A veces basta con observar qué ocurre con las ideas que no encajan en los esquemas habituales. 

  • ¿Se almacenan en buzones de innovación sin seguimiento real? 
  • ¿Se piden métricas de retorno antes incluso de probar una iniciativa pequeña? 
  • ¿Los equipos que impulsan cambios terminan desgastados, aislados o absorbidos por la cultura dominante?

En el ámbito educativo sucede exactamente lo mismo, aunque con otro vocabulario. Un profesor que intenta abandonar la evaluación tradicional, un directivo que propone aprendizaje basado en proyectos o un grupo de estudiantes que cuestiona la estructura convencional del aula suelen encontrarse con resistencias discretas pero persistentes. No necesariamente porque alguien quiera impedir el cambio, sino porque el sistema está haciendo lo que fue diseñado para hacer: conservar estabilidad. El problema es que una estabilidad mal entendida puede convertirse en una forma lenta de obsolescencia.

Aquí cobra sentido uno de los principios más importantes de la cibernética y de la Teoría General de Sistemas: la Ley de Variedad Requerida, formulada por W. Ross Ashby. En términos simples, esta ley plantea que solo la variedad puede responder adecuadamente a la variedad. Es decir, si el entorno se vuelve más complejo, el sistema necesita ampliar también su capacidad interna de respuesta.

Cuando una organización depende únicamente de procedimientos rígidos, jerarquías cerradas y canales de comunicación lineales, inevitablemente pierde capacidad de adaptación. Reacciona tarde, reacciona mal o simplemente no logra reaccionar. Desde esta perspectiva, el Sistema Inmunológico Corporativo es una señal de que la organización tiene una variedad interna insuficiente. El sistema rechaza lo nuevo porque no posee herramientas estructurales para incorporarlo sin sentir que pone en riesgo su estabilidad.

Por eso, evitar que el SIC bloquee la evolución no significa destruir lo que ya funciona. Significa ampliar el repertorio de respuestas posibles. En las empresas, esto puede traducirse en espacios seguros para experimentar, mayor autonomía en los equipos que están cerca de la operación y modelos de trabajo que puedan coexistir sin anularse mutuamente. La idea no es eliminar control, sino diseñar estructuras más flexibles.

En universidades y escuelas ocurre algo parecido. Pasar de una estandarización absoluta a esquemas con cierta diferenciación pedagógica permite que aparezcan nuevas soluciones sin romper la cohesión institucional. Equipos docentes con autonomía, evaluaciones más formativas y canales menos burocráticos para presentar propuestas generan sistemas más adaptables.

La variedad no equivale al caos. En realidad, representa capacidad de adaptación. Cuando una organización aprende a recompensar el aprendizaje y no únicamente el acierto inmediato, y cuando entiende que cierta fricción interna puede ser señal de evolución y no necesariamente de fracaso, el SIC deja de funcionar como un muro defensivo y empieza a comportarse como un filtro inteligente. Sigue seleccionando, pero ya no destruye automáticamente todo lo diferente.

El Sistema Inmunológico Corporativo, entonces, no es algo que deba eliminarse. Es un mecanismo que necesita rediseñarse. La Teoría General de Sistemas recuerda que ningún sistema sobrevive gracias a la rigidez absoluta, sino gracias a su capacidad para mantener equilibrio mientras se adapta al cambio.

La Ley de Variedad Requerida deja una idea difícil de ignorar: Cuanto más complejo se vuelve el entorno, mayor diversidad interna necesita la organización para responder. Las empresas e instituciones que entiendan esto —y logren aumentar su capacidad de adaptación sin perder identidad— serán las que puedan atravesar escenarios inciertos sin quedar atrapadas en sus propios mecanismos de defensa.

Porque, al final, la verdadera resiliencia no consiste en resistirse al cambio, sino en desarrollar la capacidad estructural para integrarlo y convertirlo en parte de la evolución del sistema.


Con más vistas en el último mes

Razón, Ratio, Índice, Proporción y Tasa

Estoicismo aplicado a la gerencia de pymes

La Ley de Variedad Requerida de Ashby: equilibrio y control en sistemas complejos

¿Ya estás utilizando las alertas de Google Académico? (scholar.google)

¿Qué son las microhistorias? Importancia, desarrollo…